No parecen estos buenos tiempos para el
entusiasmo, ya sea personal o colectivo. Y tampoco en la educación. Y por eso, quisiera yo escribir hoy sobre ello.
Primero, no me parece nada
entusiasta su definición en nuestros diccionarios.
Su asociación a una
"exaltación y fogosidad de ánimo" parece haber sido escrita desde el más absoluto desánimo. Su relación con el
fervor, con el
arrebato, tampoco me parece afortunada. Hemos sido así educados para ver el
entusiasmo como algo pasajero, infantil, religioso, y hasta peligroso.
Es triste educar para el desánimo, para la tristeza, para la vejez mal entendida.
Es triste matar el
entusiasmo con el aburrimiento, la repetición, el "realismo".
Es triste ver sustituir en los niños, como bien dibujó Tonucci, su color e imaginación por cuadrículas y formas:

Últimamente hablo, leo, veo, personas desanimadas, cansadas, enojadas, escépticas. Personas que, en otras muchas ocasiones, me animaron, me
entusiasmaron con sus palabras o sus hechos, con su trabajo constante de años, con sus ideas, andan hoy sin
entusiasmo. Quizás se les haya pasado ya esa exaltación pasajera, quizás hayan dejado ya de ser niños o niñas, creyentes o, simplemente,
entusiastas.
Yo espero que no, porque creo que el
entusiasmo no debería ser pasajero, sino cambiante, no debería ser un estado, sino una manera de ser, no deberís ser de una edad concreta sino de todas, no debería ser de la religión sino del ánimo, y tampoco debería ser ni ciego ni fanático.
Y
entusiasmado yo con esa idea, les dejo con otra
entusiástica foto :
Robert Capa - Pablo Picasso y su hijo Claude (1951)
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